Tra­du­cir con­tra la ceguera

José Aníbal Campos se describe como ex cubano y ciudadano de las Repúblicas Libres de Straelen, Looren o Ventpils. Para él, traducir es una forma de luchar contra identidades fijas.

Por

Diálogo imposible. Collage von José Aníbal Campos

Aque­llos que nun­ca aban­do­na­ron sus entor­nos fami­lia­res están con­de­na­dos a la ceguera.

Susan Ber­nofsky

Mi móvil aus­tria­co indi­ca dos hora­rios: el de Tene­ri­fe (hora local) y el de Vie­na (hora en la Hei­mat). En sen­ti­do rec­to, una es la hora del lugar don­de ofi­cial­men­te resi­do; la otra, la ciu­dad don­de he vivi­do espo­rá­di­ca men­te y que ha sido obje­to inten­so de mi tra­ba­jo en los últi­mos años. Sin embar­go, en sen­ti­do figu­ra­do, esa sepa­ra­ción algo­rít­mi­ca se ajus­ta bas­tan­te bien a mi reali­dad vital y anímica.

Tene­ri­fe —un lugar bas­tan­te pare­ci­do a Cuba, el país don­de, por error, nací— es el sitio que se vuel­ve dema­sia­do ajeno y en oca­sio­nes has­ta abo­rre­ci­ble por exce­si­va­men­te fami­liar. El otro, la «fal­sa» Hei­mat vie­ne­sa, es el entorno en el que me sien­to tan a gus­to como para desear seguir des­cu­brien­do aspec­tos suyos que me enri­quez­can. Creo que fue Cha­plin quien dijo que la patria esta­ba allí don­de uno se sen­tía bien. En cam­bio para mí, la «patria» —si es que exis­te algo así en mi ima­gi­na­rio (en todo caso sería una patria difu­sa, extra­te­rri­to­rial, apá­tri­da, sin demar­ca­cio­nes impues­tas de nin­gu­na índo­le)—, sería aque­lla que aún no ha per­di­do a tal pun­to su fas­ci­na­ción como para que­rer dejar de apro­piár­me­la. Por un lado, el lugar que impo­nen el naci­mien­to, la his­to­ria, la geo­gra­fía o la len­gua; por el otro, el sitio de los afec­tos, ese que in-cor­po­ra­mos a volun­tad, por deseo propio. 

Cuan­do alguien me pre­gun­ta por mi ori­gen, sue­lo decir medio en bro­ma (pero tam­bién medio en serio) que soy un «ex cubano». La Cuba que cono­cí como adul­to y, sobre todo, como hom­me des let­tres era un terri­to­rio hos­til, una espe­cie de cár­cel a cie­lo abier­to. Mi segun­da «patria» ofi­cial, Espa­ña, se ha vuel­to tam­bién en par­te, en los últi­mos años, un lugar hos­til, dis­cri­mi­na­to­rio y agre­si­vo con­tra mi per­so­na, mis opi­nio­nes y mis ideas o mis nocio­nes de una éti­ca pro­fe­sio­nal, por lo que, aun vivien­do allí, me sien­to un «tra­duc­tor espa­ñol exi­lia­do». Y eso en pleno siglo XXI. 

Si tuvie­ra que decir extra­ofi­cial­men­te qué nacio­na­li­dad deten­to, pre­fie­ro defi­nir­me —tam­bién medio en bro­ma y medio en serio— como «ciu­da­dano de las Repú­bli­cas Libres de Strae­len, de Loo­ren o de Ven­ts­pils», las casas de tra­duc­to­res que más he fre­cuen­ta­do y don­de, com­par­tien­do sema­nas y meses con cole­gas de todos los con­fi­nes, creo haber con­se­gui­do con­ver­tir­me en una espe­cie de ciu­da­dano del mun­do, con­di­ción que segu­ra­men­te me habría esta­do nega­da de haber­me resig­na­do al cau­ti­ve­rio haba­ne­ro o de mover­me úni­ca­men­te en los para mí corrup­tos mun­di­llos lite­ra­rios españoles. 

«Sólo me intere­sa lo que no es mío», dice el mani­fies­to antro­pó­fa­go de Oswald de Andra­de. Para el impul­sor de la van­guar­dia bra­si­le­ña, esa es la «ley del hom­bre, la ley del antro­pó­fa­go». Y la tra­duc­ción es en sí mis­ma un acto de antro­po­fa­gia. Toda sen­sa­ción de ser por­ta­dor de una iden­ti­dad impre­ci­sa, sin sitio fijo, me vie­ne dada por casi cua­tro déca­das ejer­cien­do el ofi­cio de tra­du­cir. Creo, por haber­lo expe­ri­men­ta­do en car­ne pro­pia, que la prác­ti­ca asi­dua de esta pro­fe­sión mina y des­ha­ce (o debe­ría hacer­lo) las iden­ti­da­des fijas o cerra­das y dota a la men­te (y tam­bién al cuer­po) para la adqui­si­ción de iden­ti­da­des fluc­tuan­tes, abier­tas y difu­sas. No se tra­ta sólo de los cono­ci­mien­tos, el voca­bu­la­rio o las his­to­rias que acu­mu­las tra­du­cien­do, sino de todo lo que, con el tiem­po, aca­bas incor­po­ran­do de for­ma cons­cien­te o incons­cien­te a tu vida personal. 

La tra­duc­ción, ese acto de devo­ra­ción, cul­mi­na más tar­de en un acto con­cre­to de depo­si­ción o devo­lu­ción. Como per­for­man­ce antro­po­fá­gi­ca, la labor de un tra­duc­tor impli­ca in-cor­po­rar el tex­to y la cul­tu­ra del ori­gi­nal, mas­ti­car­los, dige­rir­los, asi­mi­lar­los y devol­ver­los trans­for­ma­dos. Pero cier­tos nutrien­tes que­dan en quien tra­du­ce, for­man par­te del pro­ce­so con­ti­nuo de su vida, del ciclo de des­truc­ción y rege­ne­ra­ción que es nues­tro frá­gil orga­nis­mo. En ese sen­ti­do, nin­gu­na tra­duc­ción nos deja «indem­nes». (La fra­se de Otti­lie en Las afi­ni­da­des elec­ti­vas: «Es wan­delt nie­mand unges­traft unter Pal­men», bien que vale para cual­quier tra­duc­tor o tra­duc­to­ra, y en mi caso con­cre­to, naci­do bajo la cómo­da som­bra de patrió­ti­cas pal­me­ras —la pal­ma real es el «árbol nacio­nal» de Cuba—, bien que podría variar­se y decir: «Es wan­delt nie­mand unges­traft unter Tan­nen».) 

Lo que a pri­me­ra vis­ta pue­de pare­cer metá­fo­ra es un pro­ce­so vivo, con­cre­to y pal­pa­ble. Como los ciclos de las plan­tas en una huer­ta. O como el sexo, ese inten­to de fusión con un cuer­po ajeno que —lo mis­mo en for­ma de des­cen­den­cia que de recuer­dos o de peri­cia en artes amo­ro­sas— deja su hue­lla en noso­tros aun mucho tiem­po des­pués del goce pasa­je­ro. (Remi­to aquí a esta vie­ja entre­vis­ta en la que hablo de la tra­duc­ción como cópula. 

Las horas, días, sema­nas, meses o años que pasas tra­du­cien­do una obra obli­gan a quien tra­du­ce a res­pi­rar, sen­tir, hablar y has­ta ges­ti­cu­lar con el autor o la auto­ra tra­du­ci­dos, con sus per­so­na­jes. En su ensa­yo ¿Qué es un gran actor?, Clau­de Roy decía que «un gran actor es el cau­dal de posi­bi­li­da­des ador­me­ci­das, ocul­tas, que el rayo del pro­yec­tor de la nece­si­dad hace sur­gir». Para Roy, la «simu­la­ción» lle­va­da a cabo por un actor a la hora de ela­bo­rar su per­so­na­je con­sis­tía prin­ci­pal­men­te en des­per­tar en sí mis­mo recur­sos que uno qui­zá des­co­no­cía. Algo simi­lar ocu­rre cuan­do tra­du­ci­mos. Yo, en cam­bio, me atre­ve­ría a ir algo más allá de Roy: una vez evo­ca­dos esos seres, ya no des­apa­re­cen, se que­dan en noso­tros, pres­tos a aflo­rar en cual­quier momen­to que los nece­si­te­mos, y no ya sólo en un nue­vo libro, sino en nues­tra vida dia­ria. Sería un error con­si­de­rar cerra­do el pro­ce­so de apren­di­za­je vital una vez alcan­za­do el seden­ta­ris­mo de la adul­tez impues­to por las cir­cuns­tan­cias, el pues­to de tra­ba­jo, el dine­ro, el hábi­to, la pere­za o el arrai­go. Y un tra­duc­tor, aun el de mayor arrai­go, tie­ne la posi­bi­li­dad de apren­der a vivir muchas vidas. La mime­sis que sir­ve de base a todo apren­di­za­je nos vie­ne dada con cada nue­vo encar­go. En nues­tras manos está el incor­po­rar o no a nues­tro ser lo apren­di­do en cada nue­va obra. Fue Matthias Clau­dius quien dijo que, ade­más del Heim­weh de los ale­ma­nes, exis­tía un Hinaus­weh uni­ver­sal, un deseo de salir­se o ale­jar­se del pro­pio entorno, de tras­cen­der los lími­tes impues­tos por el exte­rior: los lími­tes de la men­te, del cuer­po, de las ideo­lo­gías o los sen­ti­mien­tos aso­cia­dos al terru­ño. La tra­duc­ción es, a mi jui­cio, el vehícu­lo ideal para ello.

La metá­fo­ra del via­je es una de las más usa­das cuan­do habla­mos de tra­du­cir lite­ra­tu­ra. Para mí, sin embar­go, ha sido siem­pre más que una metá­fo­ra. Cada nue­vo libro es un pre­tex­to para via­jar real­men­te. Quie­ro decir: para acor­tar dis­tan­cias, para tomar un tren o un avión e ir a visi­tar el lugar des­cri­to en una nove­la o un cuen­to. Es el pre­tex­to per­fec­to para aban­do­nar por unos días el cáli­do entorno del hogar y expo­ner­se a la intem­pe­rie de lo des­co­no­ci­do, para pro­bar nue­vos pla­tos, cono­cer nue­vas cos­tum­bres o per­so­nas, infor­mar­se con la pobla­ción local, oír sus his­to­rias, con­cre­tar una ima­gen sólo vaga­men­te intui­da a tra­vés de las palabras.

Cuan­do, entre 2009 y 2017 me ocu­pé de la obra de Gre­gor von Rez­zo­ri, tuve el pre­tex­to per­fec­to para irme a la casa rural de la Tos­ca­na don­de el autor resi­dió los últi­mos 30 años de su vida y cono­cer a su viu­da, a sus alle­ga­dos y ami­gos. En tres oca­sio­nes tra­ba­jé allí en el mis­mo estu­dio don­de se con­ci­bie­ron y escri­bie­ron las obras tra­du­ci­das, rodea­do por los obje­tos per­so­na­les del autor, sen­ta­do en su silla, hojean­do sus manus­cri­tos y su corres­pon­den­cia, leyen­do los últi­mos libros que tenía cer­ca de su escri­to­rio en el momen­to de su muer­te. En resu­men: en tres oca­sio­nes pasé sema­nas devo­ran­do su mun­do. En cier­to modo, en esos momen­tos dejé un poco de exis­tir y fui el autor, viví meti­do en su piel, pro­bé de sus pla­tos y vinos pre­fe­ri­dos, char­lé con algu­nos de sus mejo­res ami­gos, me nutrí de su visión del mun­do y de la visión (tan per­so­nal) que de él guar­da con celo su viu­da, que jamás apren­dió a hablar la len­gua lite­ra­ria de su mari­do, el ale­mán. Una aca­dé­mi­ca espa­ño­la me dijo una vez que no debía seguir con­tan­do esta his­to­ria, por­que, a su jui­cio, era poco rele­van­te para la tra­duc­ción. Sin­ce­ra­men­te, no lo creo. En cam­bio, un (des­ti­tu­la­do) tra­duc­tor cubano ha vis­to en mi ensa­yo Tra­du­cien­do a Gre­gor von Rez­zo­ri en su pro­pia casa uno de los mejo­res tex­tos que ha leí­do sobre tra­duc­ción. Segu­ra­men­te ese cole­ga exa­ge­ra, pero creo que lo que le apa­sio­nó de ese ensa­yo es que se tra­ta del rela­to de un via­je de degus­ta­ción (o, si se quie­re, de devo­ra­ción). Tal vez por eso una teo­ría como la de la antro­po­fa­gia cul­tu­ral pudo sólo sur­gir en Amé­ri­ca Lati­na y no en una Espa­ña siem­pre, siem­pre a la zaga. 

En 2018 pro­pu­se al edi­tor de Peri­fé­ri­ca la tra­duc­ción de la nove­la El ángel del olvi­do, de Maja Hader­lap. Otra bue­na oca­sión para salir de via­je: para con­tac­tar a la auto­ra, visi­tar la casa fami­liar don­de se desa­rro­lla la tra­ma, cono­cer a su her­mano (que lle­va la gran­ja de sus padres y rea­li­za una labor impres­cin­di­ble de recu­pe­ra­ción de la memo­ria his­tó­ri­ca de los eslo­ve­nos de Carin­tia). Me pasé casi dos sema­nas vivien­do en aquel entorno, ayu­dan­do al her­mano de la auto­ra en las labo­res de la gran­ja, reco­rrien­do (has­ta don­de pudie­ron mis fuer­zas) los escar­pa­dos cami­nos de los par­ti­sa­nos aus­tro-eslo­ve­nos, par­ti­ci­pan­do en sus cele­bra­cio­nes fami­lia­res, oyen­do sus his­to­rias, cono­cien­do las taber­nas de la zona (y sus pla­tos y sus vinos y su dia­lec­to y sus bro­mas y sus angus­tias y preo­cu­pa­cio­nes). Una vez más, la expe­rien­cia pasó por un pro­ce­so de volun­ta­ria «desexis­ten­cia» que se nutre de lo ajeno para, con bue­na suer­te y volun­tad, incor­po­rar­lo defi­ni­ti­va­men­te al ADN propio. 

Tra­du­cir es, en muchos sen­ti­dos, ab-nega­ción. Pero para mí es, lite­ral­men­te, la abju­ra­ción de uno mis­mo en fun­ción no solo de trans­mi­tir lo ajeno, sino de in-cor­po­rar­lo para siem­pre. Es la for­ma ideal de rene­gar de los con­di­cio­na­mien­tos del ori­gen real para lle­gar a ser, tal vez, un ser humano más uni­ver­sal, com­ple­to y frac­tal. Naci­do en Cuba en 1965 como hijo de des­cen­dien­tes de espa­ño­les (cana­rios y astu­ria­nos), no tuve opor­tu­ni­dad de ser un eslo­veno de Carin­tia ni un par­ti­sano en los mon­tes Kara­van­ke. Pero en 2019 incor­po­ré defi­ni­ti­va­men­te esa his­to­ria a mi «gené­ti­ca». De modo que, a par­tir de aho­ra, el euro­peo con­ven­ci­do que soy podría lle­gar a ser un eslo­veno carin­tio y, lle­ga­do el caso, tam­bién un par­ti­sano en armas con­tra los fas­cis­mos que (¿Aca­so no los veis lle­gar?) se avecinan.

El via­je de la tra­duc­ción tam­bién pue­de ser, cla­ro está, sola­men­te men­tal. Sobre ello han corri­do ríos de tin­ta. Cuan­do en febre­ro del año pasa­do se ini­ció la agre­sión rusa a Ucra­nia, me lan­cé a escri­bir un artícu­lo que titu­lé «Mi Ucra­nia» y en el que hago pro­fe­sión de fe de mi «ciu­da­da­nía ucra­nia­na». ¿Cómo alguien naci­do bajo el odio­so y cons­tan­te sol del Cari­be pue­de pre­ten­der sen­tir como pro­pio un país que no ha visi­ta­do nun­ca y cuya len­gua no domi­na? Una vez más: ¡gra­cias a la tra­duc­ción! Haber­me ocu­pa­do duran­te años, como tra­duc­tor y ensa­yis­ta, de las obras de Gre­gor von Rez­zo­ri, Paul Celan, Rose Aus­län­der o Lud­wig Scha­jo­wicz, naci­dos en Czer­no­witz (hoy Cher­nivtsí, en la Ucra­nia occi­den­tal), me ha per­mi­ti­do crear una amplia red de afec­tos con esa región y con ese país. Ser asi­duo lec­tor y tra­duc­tor de Joseph Roth (oriun­do de la Galitzia orien­tal) o tra­ba­jar mano a mano con el his­to­ria­dor Karl Schlö­gel en varios de sus libros sobre Rusia o Ucra­nia me ha abier­to las puer­tas a un mun­do al que jamás habría acce­di­do tan de pri­me­ra mano si no fue­ra lo que soy: tra­duc­tor, solo tra­duc­tor. Un ser incom­ple­to que se renue­va con cada libro, sin un ápi­ce de las ínfu­las vani­do­sas de tan­tos auto­res y autoras. 

Cono­ce­mos infi­ni­dad de libros de auto­ayu­da o de die­té­ti­ca sobre cómo deter­mi­na­dos hábi­tos ali­men­ti­cios influ­yen en el fun­cio­na­mien­to de nues­tro orga­nis­mo. El sen­ti­do de la vis­ta es uno de los tan­tos obje­tos de esos aná­li­sis. «Para tener bue­na vis­ta hay que comer zanaho­rias», decía mi abue­la. Según el pro­ver­bial «prin­ci­pio de la zanaho­ria» (adop­ta­do más tar­de por algu­nas empre­sas como prin­ci­pio de moti­va­ción basa­do en el pre­mio y el cas­ti­go), para hacer que un burro cami­ne es pre­ci­so col­gar­le delan­te una zanaho­ria y dar­le palos con­ti­nuos en el lomo. Olvi­dé­mo­nos por un momen­to de los palos. En tra­duc­ción, que es puro Kno­che­nar­beit, los «palos» están garan­ti­za­dos de ante­mano. Pero tra­du­cir es, para mí, mi zanaho­ria. Gra­cias a ella me pon­go en movi­mien­to y empren­do algo con­tra mi pro­pia cegue­ra, con­tra mi pro­pia con­di­ción de «burro» igno­ran­te que se nie­ga a mover­se del sitio fija­do por una iden­ti­dad dada y siem­pre, siem­pre, acci­den­tal.          

Hace muchos años tra­du­je una obra de tea­tro de Sieg­fried Lenz titu­la­da La ven­da (Die Augen­bin­de). Su tra­ma pue­de resu­mir­se así: una expe­di­ción de sesu­dos cien­tí­fi­cos arri­ba a un lugar igno­to y exó­ti­co (al pare­cer una isla remo­ta), cuya cruel par­ti­cu­la­ri­dad es que todos sus habi­tan­tes son cie­gos. Los recién lle­ga­dos son pues­tos en cua­ren­te­na por las auto­ri­da­des loca­les en un sitio apar­ta­do e inac­ce­si­ble y la con­di­ción para poder inte­grar­se en la socie­dad de la isla es la renun­cia al sen­ti­do de la vis­ta. Al final, en su afán por aco­mo­dar­se —inclu­so a la terri­ble con­di­ción de cie­gos—, la mayo­ría de esos aca­dé­mi­cos aca­ba cedien­do y resig­nán­do­se a no ver para no sen­tir­se tan solos. Curio­sa­men­te, entre ellos —dicho sea de paso— no había ningún(a) traductor(a).


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